Woman

No se cansaba de aprender de las mujeres. Las que más le atraían eran las muchachas, las más jóvenes, las que aún no tenían marido y no sabían nada; de éstas podía enamorarse apasionadamente; pero, por lo general, las muchachas, adorables, tímidas y bien guardadas, eran inasequibles. Sin embargo, también le agradaba aprender de las mujeres de más edad. Cada una le dejó algo, un ademán, una cierta clase de beso, un juego singular, una especial manera de darse y resistirse. Goldmundo a todo accedía, era insaciable, dúctil como un niño, manteníase abierto a toda seducción: únicamente por esto era él mismo tan seductor. Su hermosura sola no hubiese bastado para llevarle con tanta facilidad las mujeres; era aquella infantilidad, aquel mantenerse abierto, aquella curiosa inocencia del deseo, aquel estar dispuesto sin reserva a conceder todo lo que una mujer quisiera pedirle. Sin advertirlo, era con cada amante suya cabalmente lo que ella deseaba y soñaba, con unas tierno y expectante, con otras rápido y audaz, a veces refinado y avezado. Estaba pronto lo mismo a jugar que a pelear, a suspirar como a reír, a mostrarse pudoroso o desvergonzado; no hacía a una mujer nada que ella no apeteciera, nada que ella no sacara de él. Esto era lo que toda mujer de sutiles, sagaces sentidos rastreaba inmediatamente en él, lo que lo convertía en su favorito.
Pero él aprendía. No sólo aprendió en corto tiempo muchas suertes y artes de amor y asimiló las experiencias de muchas amantes, sino que también aprendió a ver, sentir, palpar y oler a las mujeres en toda su variedad; afinósele el oído para toda clase de voces y aprendió a adivinar en muchas, de modo infalible, por el acento, su tipo y el volumen de su capacidad de amor; observaba con embeleso siempre nuevo las variadísimas maneras de asentarse una cabeza en un cuello o de arrancar una frente del nacimiento del pelo, o de moverse una rodilla. Aprendió a diferenciar en la oscuridad unas de otras, con los ojos cerrados, con dedos suavemente inquiridores, las diversas clases de cabello femenino, las distintas clases de piel y vello. Desde temprano empezó a pensar que quizá radicaba en esto el sentido de su peregrinación, que tal vez se veía llevado de una mujer a otra a fin de adquirir y ejercitar en forma cada vez más aguda, más varia y más honda aquella facultad de conocer y distinguir. Tal vez fuera su vocación llegar a conocer las mujeres y el amor en numerosas especies y variedades hasta la perfección, al modo de esos músicos que no saben sólo tocar un instrumento sino tres, cuatro, muchos. A decir verdad, ignoraba para qué podía servir eso, adónde conducía; advertía únicamente que se encontraba en el camino. Aunque no era negado para el latín y la lógica, no poseía, ciertamente, en ese terreno, dotes singulares, sorprendentes, raras; en cambio, sí las poseía para el amor, para el juego con las mujeres: aquí aprendía sin trabajo, aquí no olvidaba nada, aquí se acumulaban y ordenaban las experiencias por sí mismas.
("Narciso y Goldmundo", Hermann Hesse)
Dedicado a Andrés, defensor de la poligamia, que sabe mucho en esto del amor...

flora dijo
es como que este blog gira en torno al tema "reel around the fountain"
je bueno que lindo tu blog. SAludos.
31 Julio 2006 | 04:33 AM