Masters of War

El pasado 7 de julio el Congreso de los Diputados aprobaba la ley según la cual se proclamaba 2006 como Año de la Memoria Histórica. Setenta años después del comienzo de la Guerra Civil (o incivil), y tras una Transición y un asentamiento democráticos bastante olvidadizos, se empieza a reconocer por fin la importancia de aquellos que lucharon contra la Dictadura. Muchos fueron los escritores que pagaron caro el estallido de la Guerra, bien con el exilio, bien con la represión, bien con la muerte. Antonio Machado, Unamuno, Lorca, Cernuda, Juan Ramón, Miguel Hernández... En Galicia, Roberto Blanco Torres, Dieste, Blanco Amor, Celso Emilio, Gómez del Valle... Prácticamente todo lo más granado de la cultura fue de un día para otro censurado y castigado por los fascistas.

Hay que tener memoria. Más duro que vivir en el pasado es sentir cada día la indiferencia y el desprecio. Y más justo es vivir el día a día con la dignidad que da el conocimiento, no ya el reconocimiento, de las injusticias pasadas.

El siguiente texto está basado, como el anterior, en un ejercicio de clase. Consistía en escribir una historia a partir de una fotografía. Y elegí a uno de mis fotógrafos favoritos, Robert Capa, en uno de sus momentos más trascendentes, la Guerra Civil Española. El relato viene a cuento del asedio de Madrid, que algunos de mis familiares vivieron en primera persona. En aquella época intentaba emular, con más pena que gloria, a Antonio Muñoz Molina, uno de mis escritores preferidos. Aquí además intenté ponerme en la piel de un niño, cómo sería la guerra vista a través de sus ojos. A ver si os gusta :-)
HAMBRE Y MIEDO EN MADRID

Bombardeo de Bilbao, 1937. Robert Capa.
“La niña, aturdida, confusa y aterrorizada, se ha abrochado mal el abrigo. Capa tenía la capacidad de captar esos pequeños y reveladores detalles.”
Esta es una de las muchas imágenes que Capa tomó de la Guerra Civil Española. Bilbao fue una de las ciudades bombardeadas por la aviación alemana que apoyaba a los nacionales. Todos los personajes de la foto están mirando fuera de campo, atemorizados por una presencia invisible para el espectador. Puede ser el preludio o bien los minutos posteriores a un bombardeo. En Barcelona, Capa fotografió a mucha gente que se atrevía a salir de sus refugios para presenciar el ataque de las escuadras republicanas contra los aviones enemigos.
Ha salido, como cada mañana, con su madre a la calle. Una mañana más, igual de incierta que la anterior, ha bajado las escaleras del inmueble húmedo y hostil en el que se alojan desde que ha estallado la guerra. Lleva el abrigo que le ha comprado su tía, Manuela, una chaqueta áspera al roce que le viene algo grande, pero que protege bastante del frío. La madre también lleva un chaquetón, uno que su hermana le regaló cuando llegaron a la ciudad. Hace tres meses salieron del pueblo, dejaron allí a hermanos, primos y abuelos, y recalaron en Madrid. Fueron a parar al piso de Manuela, que había dejado el campo hace tres años, y que estaba ya instalada con su marido Julián. Manuela trabaja de secretaria en la oficina de UGT; Julián, su marido, es Guardia de Asalto y trabaja para la Dirección General de Seguridad. Esa mañana la niña se ha despertado y ha vuelto a encontrar la casa vacía, y ha experimentado la misma sensación de habitar una casa extraña, de ocupar un sitio que por derecho no le pertenece. Su madre está preparando el desayuno, y en el suelo del comedor permanecen en desorden sábanas, mantas y colchones sobre los que han descansado sus hermanos, antes de que la mañana fuera uno por uno despertándolos, azuzándolos, recordándoles sus obligaciones.
Por la mañana acompaña a su madre hasta el mercado, que es un sótano muy grande donde se amontona la gente para comprar carne, fruta u hortalizas. En la entrada hay un letrero que dice “Galería de Alimentación”. Su madre sabe lo que hay que hacer: da codazos y hasta empujones para atravesar esa piña de gente que se atasca delante de la carnicería, del ultramarinos, que engorda y crece hasta formar una dura cáscara imposible de traspasar, gente que se pelea por un pedazo de pan, que blande con aire amenazador un pliego de cartón con una fotografía pegada en el reverso. Es la cartilla. La cartilla de racionamiento. Esa mañana han salido, como todos los días, a buscar el sustento, a cazar los restos que la multitud enloquecida les deja en el fondo de una vitrina, o de una cámara frigorífica: unos huesos de pollo, un bote de lentejas, medio litro de leche. Su madre intenta hacerse un sitio, pero cuando llega al mostrador se encuentra la cara insobornable del comerciante: “no hay”. Vuela la mañana de tienda en tienda, y a sus puertas se forman colas interminables, y ella se pregunta de dónde saldrá tanta gente distinta, y por qué caminarán todos con tanta precipitación, adónde dirigirán su pasos, quién les esperará cuando terminen su camino. En el pueblo cada mochuelo tiene su olivo, cada familia espera pacientemente los frutos de la tierra, recoge lo que siembra, come lo que cultiva. En la ciudad se asaltan los establecimientos, se vive a salto de mata, picando de cada flor fragmentos cogidos al vuelo. Eso cuando se puede.

Hay que darse prisa: la mañana avanza y se devora a sí misma, va royendo en la paciencia de la gente, dejando un poso de ansiedad, de insoportable inquietud. De repente, su madre aprieta el paso. Han empezado a aullar las sirenas. Su madre, y todos los allí presentes miran hacia el cielo, como si estuvieran esperando una tormenta. El cielo está despejado. El ruido ensordecedor de las sirenas apaga el murmullo de la circulación, que se detiene progresivamente. Los conductores paran sus vehículos en mitad de la calzada y los abandonan en cuestión de segundos. Todo el mundo corre. Ella no se ha dado cuenta hasta este preciso momento, pero sus piececitos también han echado a correr, y ahora están volando un par de centímetros por detrás de su madre, que la lleva casi en volandas, arrastrada por el aire. Desde que puso los pies en Madrid no han dejado de dolerle, y ahora se resienten, embutidos en esos estrechos zapatos de hebilla, cuando trata de apoyarlos en la acera, cuando trata de acompasar su ritmo al paso adelantado de su madre, que la sostiene firmemente, como si estuviera dirigiendo una cometa, como si la quisiera proteger del rayo fulminante que destruye todas las cometas. La niña pregunta, confusa, qué es lo que la madre y todos los demás escrutan en el firmamento. Su mano aprieta cada vez más, y su silencio es también más palpable. Alrededor, la gente grita, corre en todas direcciones. Algunos corren a la desesperada y se tiran en el primer portal que encuentran a su paso.
De un momento a otro, aparecerá la silueta de los bombarderos en el horizonte. Vendrán precedidos por el zumbido nervioso de los motores, que será la segunda y última señal. Ella ni siquiera lo sospecha. Su mirada infantil no puede apreciar los detalles que presagian las tragedias. Pero no se le escapa ni una sola evidencia, por lo que siente, abrumada por el silencio, cómo sudan las manos de su madre, el terror que se agazapa en sus ojos, el cansancio, y sobre todo, el miedo que agarrota ya sus piernas, que se impulsan casi por pura inercia, activadas por un estímulo desconocido, sin nombre ni forma, pero cuyos efectos devastadores se presienten, desplegándose en el espacio y en el tiempo, más allá de la mirada inmediata, del presente cercano y tangible.
La mañana se escurre bajo sus pies, toca a su fin y las sorprende a la intemperie, indefensas, buscando el final de la calle y el resguardo bajo esa boca de metro que intentan alcanzar antes de que la tormenta les alcance a ellas. La niña se acuerda de los chaparrones de antaño, en el pueblo, cuando pisaba en todos los barrizales sin miedo a ser regañada. Y espanta esos recuerdos insolentes al volver a la realidad y sentir la presión de la mano de su madre. Una mano que sigue a todas partes, de la que no se separa un instante cada vez que traspasa el umbral de su casa, una mano que le une permanentemente a ella desde que estalló la guerra, desde que viven en la ciudad. Cuando llegó a Madrid se sorprendió la primera vez que su madre le pidió la mano. Poco a poco se fue acostumbrando, y repetía el mismo gesto forzado una y otra vez para cruzar la calle, para ir al colegio, para no perderse en el barullo de voces y rostros que abarrotan los mercados... Esa mirada infantil ha ido haciéndose irremediablemente a esa clase de gestos, igual que la inocencia, sumisa, ha dicho adiós sin grandes resistencias a la caricia del viento, al rumor del arroyo, al tacto fresco y gentil de la hierba después de una noche de lluvia, tras la cual las cosas amanecen más resplandecientes, transidas de una calma sobrenatural, igual de limpias que el aire que se respira y las envuelve. Ahora sólo respira aire seco de ciudad, y cada mañana, al levantarse y abrir las ventanas, encuentra la misma pared de cemento y hormigón al otro lado del patio. Ella ha cerrado casi por completo ese capítulo de su breve vida, y sólo siente la presencia firme y protectora de su madre, y lo olvida a pesar de todos los miedos que inspira la ciudad, en la que el peligro sobreviene detrás de cada esquina, al mando de un volante, en la figura de un desconocido, un peligro que acecha a cada momento y que ahora le resulta todavía más desconcertante, porque el cielo está vacío, y el silencio sólo lo llenan las sirenas.
El peligro ha cesado. Madre e hija salen del metro. Todos se preguntan si están bien, si no han sufrido ningún daño, si están buscando a algún familiar. Es lo primero en lo que piensa la madre. Sus pasos se dirigirán ahora, decididos pero nerviosos, al domicilio en el que les esperan los demás, en el que puede faltar alguien, víctima del reciente bombardeo. No se observan destrozos materiales, los objetivos se han reducido a unos pocos edificios del Gobierno, más al oeste: el Ministerio del Aire, el edificio de Correos... Lo dice la radio. Su madre se sacude el polvo del chaquetón, como si no hubiera pasado nada, y le ciñe el abrigo a la hija. Ambas marchan a paso ligero, abriéndose camino entre las gentes que se interponen en la calle, que se abrazan y se solicitan con terrible urgencia, las mismas que luego volverán a las palabras gastadas y los trayectos habituales.
Para Laura, futura historiadora y "especialista en cultura castrexa".
Para Lucía, que en lo de tomar fotos no tiene nada que envidiar a Robert (Capa).


Monikinha dijo
Bienvenida tu vuelta al ciberespacio literario, George.
Un beso muy grande
27 Octubre 2006 | 05:50 PM