Orgullo y Prejuicio
“Gay” significa, en inglés, “alegre”. Con todos los matices que ello supone: jovial, festivo, divertido... Fue el término que los anglosajones acuñaron para diferenciarlo del término “homosexual”, más científico y, también, con tintes patológicos. Venían de tiempos oscuros, querían disipar viejos nubarrones y, de paso, cualquier duda acerca del carácter lúdico y desenfadado del movimiento. La “alegría de vivir”, y de expresar libremente la propia sexualidad, era uno de los factores diferenciadores de un colectivo que tenía mucho de revolucionario, desde el papel agitador que le confería aquel "hombre unidimensional” de Marcuse, hasta todos los intelectuales, artistas y pensadores homosexuales que desde los sesenta y antes ya aportaron su visión particular de las cosas y de la sociedad.
Coincidía también con una visión y vivencia libres y sin complejos de la sexualidad, al margen de cortapisas morales, médicas y religiosas. El “Gay Liberation Front”, creado a partir de los disturbios de Stone Wall que se conmemoraron el pasado fin de semana, se hizo eco de todas estas reivindicaciones, llevándolas al primer plano de la política, y surgieron en todos los campos artísticos manifestaciones y autores que llevaban estos planteamientos hasta las máximas consecuencias. En el rock, por ejemplo, nació el glam o rock gay, con artistas de la talla de David Bowie, Lou Reed y T-Rex, aportando cada uno estilos muy diferentes, pero con el denominador común de la visión iconoclasta y rompedora con los prejuicios y cánones morales.

David Bowie.
El término “gay” hoy ha perdido estas connotaciones o bien las ha añadido a su esencia, de forma que muchas veces se confunde la parte con el todo y el todo con la parte. Ni todos los homosexuales (ni muchísimo menos) se identifican con los estereotipos tradicionalmente considerados gays, ni todo lo gay tiene que ser forzosamente homosexual. “Gay” parece que define ahora una mera orientación sexual, al mismo tiempo que se extiende injustamente toda aquella nube de significados a todos los homosexuales, sin tener en cuenta sus particularidades, su riqueza y diversidad como la de cualquier otro colectivo, e incluso se les añaden matices espurios, envenenando totalmente la semántica, sembrando confusión y, lo peor, criando y perpetuando prejuicios.
Uno de ellos alrededor de la palabra “orgullo” y lo que significa en este contexto. Muchos dicen: ¿Para qué enorgullecerse de ser gay, si no nos enorgullecemos de ser bajitos, altos o con el pelo rubio o los ojos verdes? ¿Para cuándo un día de cada uno de éstos? Bien. La intención es loable, lo que subyace es la intención de normalizar al máximo algo que pertenece tanto a la naturaleza humana y animal como la heterosexualidad, dos inclinaciones opuestas pero totalmente complementarias, naturales y válidas. Pero hasta ahora nadie ha discriminado, por lo menos en la medida en que se ha hecho históricamente y por sistema, a los bajos, a los altos, a los rubios y a los de ojos verdes. Aún queda mucho por lo que luchar, y si bien se ha avanzado en derechos y en la visibilización, quedan batallas pendientes, como las lesbianas, los y las transexuales, y, lo que descansa al final de todo, la revolución sexual, la vivencia totalmente libre, libertaria y sin etiquetas de la sexualidad, la aniquilación de los roles de género y las desigualdades, las barreras y ataduras que suponen.

Gertrude Stein.
Pero al mismo tiempo, muchos homosexuales/bisexuales/transexuales, y en general, cualquiera perteneciente al colectivo queer (“raro”) critican el término “orgullo” porque tiende a poner distancia, en vez de tender puentes, con el resto de la sociedad. Por eso muchos preferimos llamarlo “dignidad”. La dignidad que cualquier ser humano por naturaleza posee para ser lo que quiera ser, y no solamente lo que la Naturaleza le ha concedido, que también debería ser un derecho y que no es respetado. Y colectivos como el Bloque Orgullo Crítico protestan además contra la mercantilización del Día del Orgullo Gay, por haberse convertido en un desfile de cuerpos esculturales y carne de gimnasio, y haber sucumbido a la tentación del márketing fácil y el consumo rápido. Pero, más allá de lo superficial, lo llamativo, lo vistoso, está el fondo, y es que este día, y las actividades que lo rodean, sirven para llamar la atención sobre los problemas que aún quedan sin resolver, para reivindicar el alto de la persecución de este vastísimo colectivo y crear movilización en contra de las legislaciones de países que siguen condenándolo. Más allá del negocio, esta jornada y la semana que lo precede exalta la normalización, al verse homosexuales, bisexuales, transexuales, etc. de todos los estilos, y a muchísimos heterosexuales, incluidos padres y madres de familia, que acuden con total normalidad. Se celebra la visibilidad, de una forma tan evidente, masiva y descarada que no se puede obviar. Sí, es un baile de disfraces, un carnaval más, pero en eso consiste: en quitarnos las máscaras y ver, y dejarse ver, lo que antes no nos atrevíamos. Sacar a relucir la reinona que todos llevan dentro, o bien el macho de pelo en pecho, porque todos los humanos somos sencillamente un potencial en constante flujo, y somos lo que queramos, no lo que nos dejen ser. Y sobre todo, en ensalzar la tolerancia como valor supremo: para ser diferentes, iguales o lo que nos dé la real gana. Sin prejuicios. Orgullosos de ser humanos.

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© Jorge M. de la Calle 2010
