75 años de "Tiempos Modernos", de Chaplin: el más feliz de todos los finales
Ayer, 5 de febrero, se cumplieron 75 años del estreno de Modern Times (Tiempos Modernos, 1936), de Charles Chaplin. Comedia muda con elementos sonoros que conjugaba las dosis acertadas de ternura y melodrama con el humor más delirante, al servicio de la crítica social y política de un sistema que deshumanizaba a sus miembros, un sistema capitalista que, en el periodo de entreguerras, con la Gran Depresión había demostrado sobradamente su fracaso y relegaba cada vez más a las clases populares a la miseria frente a la hegemonía del patrón y la máquina.
Podríamos hablar de tantas cosas: de cómo Chaplin se negó genialmente a hacer una película sonora más, en lo que habían ido cayendo sus contemporáneos, y ridiculizó al extremo la palabrería del cine - algo ya visto en su anterior filme, City Lights (Luces de la Ciudad, 1931)-, culminando la burla con la única vez que hizo hablar a su vagabundo, y sólo para cantar en un lenguaje sin sentido, maravillosa escena que es toda una declaración de intenciones; también de la sátira del modo de producción capitalista, del trabajo en cadena y el fordismo (grande la escena de la “máquina Bellows para comer”, invento del diablo que martiriza al pobre obrero Charlot, o la más icónica y popular y que mejor la representa, la del obrero enloquecido por el ritmo mecánico y frenético, que es absorbido poéticamente por la máquina, o el baile con las llaves inglesas, apretando tornillos imaginarios en un una coreografía brillante y desternillante); y la crítica de las instituciones, la represión de las “fuerzas del orden”, y la vorágine de la sociedad (pocas escenas tan cómicas y surrealistas como la del Chaplin que, abocado al desastre en dicha sociedad, decide por todos los medios volver a la cárcel, donde sin duda se está más tranquilo y vive más plácidamente que fuera); o el determinismo de las fuerzas de la naturaleza y la economía y la imposibilidad a veces de burlar el destino que nos dicta nuestros orígenes. Cuando Charlot se detiene educadamente a recoger la bandera comunista del suelo para devolverla, se ve de repente, sin comerlo ni beberlo, envuelto en otra aventura, y señalado como cabecilla de una manifestación que será duramente reprimida, y al mismo tiempo él detenido. No se sabría decir si es una escena trágica o cómica, porque problablemente sería tragicómica: el destino se burla inevitablemente de nosotros.
Hasta aquí algunas (no pocas precisamente) de las proezas de esta obra maestra de todos los tiempos, que, a pesar del fracaso comercial y del feroz ataque de la crítica (algunos la acusaron de defender el comunismo, y estuvo prohibida en países como Alemania e Italia), es una de las películas más recordadas del actor, guionista, músico y director; en definitiva, poeta creador del cine, así como de todos los tiempos; preciosamente moderna pero también intemporal, y más vigente que nunca. Con ella termina el ciclo del vagabundo más noble jamás soñado, el tiempo del cine mudo y la pantomima, y también se da un giro en lo temático hacia lo social: Chaplin se eleva del individuo a la sociedad, mirando de frente y tocando sensiblemente los temas de su tiempo -el capitalismo en Modern Times, el fascismo en The Great Dictator (El Gran Dictador, 1940) y los “desastres de la guerra” en Monsieur Verdoux (1947)-, que nunca había obviado pero que se muestran ahora más nítidos y brillantes, sin perder por eso de vista a ese mismo individuo, sino todo lo contrario, puesto que Chaplin es ante todo un anarquista humanista, que sólo procura la felicidad para el Ser Humano, alejado de sectarismos de uno y otro lado, meras ataduras del espíritu.

Pero una de las cosas de las que menos se ha hablado y escrito (o sobre lo que menos he leído/escuchado) ha sido su maravilloso final. Aviso a todos los que no hayan disfrutado todavía de esta joya para que se paren a tiempo si no quieren les sea revelado el final: de todas maneras, no soy de ésos que se irritan o simplemente gusta hacer ruido cuando alguien cuenta el desenlace. No se trata de la resolución de una intriga o trama novelesca, que nos mantenga en tensión hasta el final; pero sí de algo incluso más grande, de la moraleja a la fábula, la síntesis del ensayo, el estribillo y clímax del poema. En el final se resume el espíritu de la política, la fuerza que guia a los protagonistas (sobre todo a Charlot) en su largo y tortuoso peregrinar: el espíritu de supervivencia, la fuerza de la vida, que después retomaría y profundizaría en Limelights (Candilejas, 1950); el impulso que todo lo mueve, hasta el final.
Y los finales en las películas pueden ser de muchos tipos. Finales felices, por ejemplo. Chaplin nunca fue de finales felices, idílicos o ejemplarizantes. Al menos en sus largos, aquellos que produjo, escribió, protagonizó y dirigió él mismo, con honrosas excepciones -The Gold Rush (La Quimera del Oro, 1925), donde, ya convertido en millonario, se casa a bordo de un crucero con la chica de sus sueños-, Charlot representa siempre la figura del antihéroe, que nunca se lleva a la chica de calle, aunque sí se gane simbólicamente el corazón de su amada, pero acabe cediendo altruistamente su puesto a quien le puede dar una vida mejor (como pasa en The Circus -El Circo, 1928-, con la figura del equilibrista, la bailarina y el cómico rebajado a payaso), o, con todos los honores directamente muera en lo más alto, como en Limeligths, o en Monsieur Verdoux. Es más de finales abiertos, que sugieren más que resuelven, poetizan más que dictaminan, y desde luego tienen mucho más mensaje y más calado en el espectador. Así en City Lights, cuando la violetera, después de recobrar la vista, recobra también la consciencia de quien tiene delante (su enamorado, su benefactor, su millonario idealizado), precisamente a través del tacto, en una de las secuencias y finales más emocionantes e imprevistos de la Historia del Cine. No importa si a partir de ahí ella se irá o no con el indigente, eso no nos importa. Lo que importa es que en ese momento ha recuperado realmente la vista, por segunda y más importante vez, y todos a la vez, en una catarsis colectiva, hemos descubierto que la nobleza reside en el corazón.
En Modern Times, a su vez, las mil y una vicisitudes que tienen que pasar los protagonistas y, en especial, Charlot, para encontrar trabajo y alcanzar la oportuna estabilidad y estilo de vida que les vienen impuestos desde un sistema que al mismo tiempo se los arrebata, hacen que, cada vez que están a punto de rozar su meta, vuelvan a fracasar en el intento, provocando en el espectador una desazón constante, y la sensación fatalista de que la felicidad no está al alcance de la mayoría social, los desheredados de este mundo. Pero, al contrario de lo que pudiera parecer, la película de Chaplin es una invitación al optimismo, al emprendimiento y a no rendirse ante los múltiples avatares y tropiezos que nos tiene preparada la vida. Cuando ella (Paulette Godard) había conseguido un aplaudido puesto como bailarina, y él triunfado a través de su interpretación completamente improvisada con un lenguaje surrealista inventado, cuando todo parecía ir bien y la historia terminar felizmente, intervienen de repente (por enésima vez) las fuerzas del orden, la autoridad, para frenar sus deseos. Han alcanzado el olimpo por un segundo y en un segundo lo han perdido todo. Pero han luchado por ello. Han sido libres, porque han hecho lo que han querido en todo momento, porque no se han dejado doblegar moralmente por nadie, ni por el desánimo ni por el fatalismo.
En la última secuencia, Chaplin y Godard aparecen solos, ante un camino aparentemente sin fin, una interminable carretera que se pierde en el horizonte. Godard vacila por un momento, pierde toda ilusión, cae en la desesperanza, se pregunta “¿Cuál es el sentido de intentarlo?”. Pero Chaplin/Charlot enciende la chispa: “Anímate! Nunca digas “me rindo”! Proseguiremos!!!” Entonces, quizás embaucada por el encanto y contagioso entusiasmo del genio, la chica se enciende y se levanta, siempre de la mano de su amado. Entonces él pone el broche final, la guinda necesaria para endulzar el camino y hacer más llevadera la vida. No se escucha su voz, pero se adivina en sus labios la palabra, y en el gesto dibujado por sus dedos: “Smile” (“Sonríe”). Entonces los dos vuelven a sonreír, ya para siempre, ante las adversidades, y prosiguen su camino valientemente, sin detenerse, hasta el final. Por encima de todos los problemas, está el Amor y la Vida, el impulso de sobrevivir y ser felices, todo lo que hacemos para llegar a serlo, que es más importante que el fin o resultado. Como decía Antonio Machado: “Caminante, no hay camino / Se hace camino al andar”. Que es el vivir, añado yo, remedando a Manrique con “la mar” y “el morir”. La vida sólo puede ser un río revuelto, que tenemos que aprender a atravesar de la mejor manera posible para nosotros. Y esto se hará mejor en compañía; en compañía de la persona amada, lo que significa un triunfo del vagabundo universal, que, a pesar de no haber salido de su situación, no está solo, porque tiene quien le acompañe en su (y nuestra) trágica y cómica existencia.




Dedicado a Fabio ;-*

fabio dijo
Grazas! Gustame sempre verte detras do que escribes. Gustame a paixon que tes polas cousas que fai, e esa maneira tan persoal e especial de contar as cousas. Ao final a felicidade é as cousas mais debil do mundo, necesita de amparo, de protecion, de esperanza e de sorrisos. E non importa cantas veces se cae, o que importa, de verdade, e seguir caminando. Galeano dixo que a utopia sirve precisamente por iso, para caminar, e onde el dicia utopia podemos escribir tamén felicidade, ou, polo menos, esperanza de felicidae.
6 Febrero 2011 | 02:30 AM