Los Supervivientes de Todas las Guerras
Durante la Guerra Civil, Madrid fue una ciudad cercada. Sufría los rigores del desabastecimiento, lloraba las bajas que se producían entre los milicianos y corría bajo las bombas que Franco tiraba sobre sus cabezas. Cuando se cumplen 75 años del inicio de la guerra civil española, el autor rememora aquellos días cruciales de resistencia. Lorenza Valbuena fue testigo privilegiado de aquella época.
Setenta y cinco años después del inicio de la Guerra Civil, se rememora el asedio de Madrid
Los supervivientes de todas las guerras

Muerte de un miliciano. Robert Capa.
Santiago. | Jorge Melero.
Dicen que nadie es extranjero en Madrid, que nadie es propiamente madrileño. Y deben tener razón cuando vuelvo, una vez más, a la casa familiar, donde este medio gallego tiene sus orígenes, y me encuentro con las mismas caras, los mismos gestos, con la misma hospitalidad castiza y al mismo tiempo cosmopolita. Ellos, mis abuelos, viejos supervi-vientes del siglo pasado, siguen igual que siempre, como se dice, tirando, a pesar de todos los achaques y casi una centuria sobre sus hombros.
Ella se llama Lorenza. Es una mujer fuerte, a pesar de la aparente fragilidad que envuelve cada uno de sus movimientos, cada uno de sus actos. Antes de empezar a hablar, se arrellana en su sillón, coge una manta y cubre con ella su regazo; entonces se dispone a contar. Su marido, Ángel, para más señas enfermo de alzheimer, sale de cuando en vez de su estupor, para matizar alguna cosa, para demostrar que aún atisba algún punto de luz en su confusa memoria. A los 18 años estuvo de voluntario en el Quinto Regimiento, e incluso lo mandaron para el frente de Aragón, pero sólo recuerda el estribillo de la canción que entonaba su división. "Somos de Tomás Beade / batallón de milicianos / de la España liberal..."
Su futura mujer, Lorenza Valbuena, tenía quince años cuando estalló la guerra. Vivía en Brunete, localidad a 33 kilómetros de Madrid, junto a sus padres y seis hermanos. Casimira, una de las hermanas, vivía ya en la ciudad con su marido Julián: se habían casado en Brunete a finales del verano anterior, después de la siega, cuando pudieron reunir el dinero suficiente para el banquete. Como Julián no poseía tierras para labrar, marchó a la capital en busca de trabajo, y cuando volvió a buscar a Casi, él ya era guardia de Asalto. Brunete cayó el 21 de octubre. Fue cuando los nacionales ocuparon Navalcarnero, junto a la carretera de Extremadura. La familia de Lorenza no esperó a que tomaran sus tierras: ella salió a finales de agosto, con su madre y tres hermanas más, en dirección a Madrid. Por fortuna no tendrían el triste destino que se les reservaba a los evacuados que iban llegando de los pueblos: estos se hacinaban en la periferia, en el barrio de Salamanca. Ellas, en cambio, tenían el piso de su hermana, que no era demasiado amplio, por lo que Casi y Julián tuvieron que arreglárselas para acomodar al resto de la familia. En Brunete se habían quedado el padre y dos hermanos mayores pendientes de la cosecha. No pudieron recoger la mies: el día en que entraron los nacionales salíeron corriendo, abandonando el trigo y la cebada en las eras.
El comienzo del asedio
Pronto se dio cuenta Franco de lo difícil que iba a ser atacar Madrid: sus habitantes se resistían a tirar la toalla, y aguantaban estoicamente las muchas carencias que imponía el aislamiento. El 7 de noviembre de 1936 las tropas franquistas llegaban a las mismas puertas de la capital, pero no consiguieron avanzar.
El estado de excepción se notaba en todo: no sólo en la exigua alimentación, la velocidad a la que desaparecía un pote de lentejas. Salir a la calle era un acto de valentía, pero comportaba un mayor riesgo permanecer en casa por las noches, mientras el cielo de Madrid se encendía con el estallido de los obuses. Mi abuela todavía se estremece al oír un trueno, o el mero estruendo de un petardo de feria. En su caso, el temor a los bombardeos se intensifi-caba.Vivían en Pacífico, hoy Avenida de Barcelona, cerca de la Estación de Atocha. Tenían enfrente el Parque de Artillería; al lado la Guardia de Asalto. Y unos metros más abajo, en la misma acera del cuartel, se situaba Intendencia. Tenían todas las papeletas para ser blanco de la aviación alemana. Los bombardeos eran anun-ciados con sirenas; inmediatamente, los inquilinos bajaban a los sótanos o a los refugios. Otros se guarecían en las estaciones de metro. Lorenza y sus hermanas se resguardaban allí de las bombas. "La mayoría de las noches, cuando nos daba más miedo, cogíamos una almohada y una manta y nos íbamos a dormir al metro de Goya".
Sin embargo, para una muchacha como ella, no había miedo más terrible que el que despertaban los soldados africanos de Franco, porque se alimentaba de las historias que circularon durante todo el asedio sobre el enemigo. "De los moros decían que saqueaban las casas y se aprovechaban de las mujeres de los rojos", recuerda Lorenza. "Los teníamos por salvajes y no sabíamos ni cómo eran". Más tarde, supieron que les correspondía la misma parte que a los españoles en las matanzas y las violaciones, y que su exotismo no los predisponía más a la sangre que a sus congéneres el odio soterrado durante años de convivencia.
El desabastecimiento
Lorenza hace especial hincapié en el hambre que pasaban: otros podían aprovisionarse fuera de Madrid, porque traían viveres de los pueblos cercanos, pero Brunete estaba tomado. No les quedaba otra opción que echar mano de la cartilla de racionamiento. Con lo que te daban, comías en un día lo de toda la semana", afirma convencida, con la razón que le da el haber aguantado horas y horas con un agujero en el estómago y el corazón encogido, pensando en la salud de sus hermanas. La menor, Nicolasa, murió de anemia a los dos meses de llegar a Madrid: no resistió la pobre alimentación de la ciudad.
Las cantidades se asignaban por persona y día; a cada boca le correspondía un cuarto de litro de leche, 100 gramos de carne y de legumbres, 250 de patatas y medio kilo de fruta. El pescado, el azúcar y los huevos se repartían tres veces a la semana; el café, el aceite o las conservas, cada siete días. A partir de marzo de 1937, el ayuntamiento tomó la medida más drástica: racionar el pan. Las cantidades oscilaban entre los 50 y los 150 gramos. Con estos recortes en la dieta diaria aparecieron los primeros problemas: el acaparamiento, la subida desorbitada de los precios y el mercado negro. Las colas se generalizaban en las puertas de los establecimientos. Algunos comerciantes hacían acopio de alimentos, los almacenaban en las tiendas y, cuando escaseaban, los vendían a precios abusivos. Quien haya leído "Las bicicletas son para el verano", de Fernando Férnan-Gómez, se acordará de Basilio, el dueño de los ultramarinos que ocultaba las existencias y le llenaba la despensa a la familia de don Luis, por intermediación de la criada. Las autoridades intentaron luchar contra el acaparamiento y el fraude, y fijaron unos precios oficiales para los artículos de consumo. Pero estos precios no se respetaban en los comercios, y el estraperlo no cesaba: "Un chusco de pan robado de Intendencia podía llegar a costar 250 pesetas". El hambre aguzaba el ingenio y estimulaba la picaresca: había quien fingía todo tipo de enfermedades, y falsificaba los documentos para obtener aquellos alimentos en los que era necesaria receta médica, azúcar y leche principalmente. De 1937 a 1938 subieron los precios de todos los productos, al tiempo que los nacionales impedían el abastecimiento.
Epílogo: exilio y reencuentro
Durante unos segundos, la conversación se detiene. Lorenza alarga el brazo para alcanzar el bastón de caña, lenta y tortuosamente se pone en pie, y entra en la alcoba que tiene más cerca: para enseñarme una cosa, algún tesoro guardado por sus manos previsoras, esas que tantas bocas mantuvieron, que tanto arroparon y protegieron. Del interior de un cajón esas manos surcadas de arrugas extraen una sola fotografía, de entre las muchas en blanco y negro que se apilan olvidadas por la ingratitud del tiempo. Me la enseña: es un retrato de la boda de Casi y Julián. Por la sobriedad de sus trajes se deduce su origen humilde - en aquella época, en los pueblos, no se tenía dinero para comprar un vestido blanco de novia -. Sin embargo, su presencia digna y confiada, la seguridad con que miran, y la juventud de los dos parece depararles un porvenir muy feliz. Nada hace presagiar lo que vendría después. La guerra, el exilio, los años de angustia pensando en dónde se encontraría el otro. Días antes de que los nacionales entrasen en Barcelona, un 26 de febrero de 1939, hicieron las maletas y cruzaron la frontera. Cómo ellos, cientos de miles que se escapaban de las garras de Franco. En Francia, los separaron; las mujeres, por un lado, con los niños, y los hombres, por otro; a todos los internaron en campos de refugiados, bajo pésimas condiciones de salubridad. Medio millón de españoles estuvieron hacinados en estos improvisados campamentos, sometidos a veja-ciones, tratados como parias por las potencias democrá-ticas, que ya habian mostrado su nula sensibilidad negándose a intervenir en la guerra. España no tenía recursos naturales que primasen la intervención, no era codiciada por nadie, y sí interesaba dejarla en manos de un dictador fascista que espantase a los comunistas. Casimira estuvo nueve meses en un campo: luego comenzó una nueva vida en París, mientras trataba de investigar el paradero de su marido. A Julián lo reclutaron en la Legión Extranjera y fue llevado al frente occidental, donde luchó contra los alemanes: escapó de una guerra para meterse de lleno en otra, si cabe mucho más sangrienta. Los nazis lo apresaron y lo internaron en un campo de concentración. Casimiro no tuvo noticias de él hasta que finalizó la Segunda Guerra Mundial. La Cruz Roja le comunicó que habían encontrado a su marido. "Cuando le volvió a ver, era sólo una sombra de sí mismo". Pesaba 38 kilos, y presentaba graves secuelas físicas y psicológicas. "El resto de su vida siguió enfermo, en tratamiento. No podía hacer todas las comidas, la sal la eliminó de la dieta", afirma mi abuela. Julián y Casi no regresaron a España hasta bien entrada la dictadura, en la década de los 60, cuando Franco anunció que no habría represalias para los exiliados.
Observando la foto del día de su boda, la única que Lorenza conserva de él, cuesta un poco más entender la implacable metamorfosis a la que se pudo ver sometido aquel muchacho de pueblo que un día se hizo guardia por no acabar de jornalero. Cuesta imaginar cómo ese hombre fuerte, robusto, de hombros anchos y mandíbula cuadrada, llegó a experimentar en sus carnes la degradación moral y material de la guerra.

Bombardeo en Barcelona. Robert Capa.
Tristes, tristes
Rubén Rodríguez
Decía Steinbeck en "Las Uvas de la Ira": "Nosotros siempre seguiremos adelante. No nos rendiremos nunca. Nosotros somos el pueblo". Los que no entienden de guerras sólo las sufren. Los que no entienden de patria pero permanecen bajo las bombas, entre los edificios derruidos. No existe razón que justifique tales medios. Sólo "tristes hombres que no mueren de amor".
En el pueblo iraquí, "niños de bronce en olor de palmera" morían en los versos de Mahmoud Darwish. Niños olvidados. El pueblo sigue adelante, pero los niños se quedan sobre la tierra.
Mientras, en Irak, vidas de soldados estadounidenses expiran a ritmo de gotera. Es la resaca de la guerra. La resaca del disparo en la cabeza y el cadáver en la cuneta. El pueblo sólo nota los grandes números, diez mil, veinte mil, cuarenta mil... pero el cadáver se queda.
Las cifras nos mienten. Diez mil bajas son el eufemismo de una mujer yaciente bajo toneladas de escombros. Mujer olvidada. El pueblo sigue, la mujer se queda.
El pueblo estaba en los ojos del miliciano que perdonó la vida a Sánchez Mazas. Con los intelectuales falangistas que abandonaron a Franco. Entre el fuego cruzado de la artillería de ambos bandos, en una barricada de ladrillo y barro mimosamente construida sobre planes de un futuro ahora incierto. Sintiendo terror en el silencio y premura en los ataques. Ese es el pueblo. El gran olvidado en la abstracción de las cifras, en la crónica de los medios, en la ligereza de los que toman decisiones invasoras. Pero el pueblo no olvida sus tristes guerras. Tristes, tristes.

fabio dijo
unha cronica moi boa, grazas a ela comprendin moitas mais cousas sobre Espanha e os epsanhois. A Historia, con letra maiuscula, non a fan as grandes personaxes, sino a xente miuda que cunha coraxe extraordinaria sabe encarar todas as dificultade e as desgrazas da vida, ainda cando non merece de pasalo tan mal. Grazas por compartir (e conmigo primeiro) esta parte da historia da tua familia. Sigo vendo a mesma paixon de sempre nas cousas que fas e desexoche que un dia (e que sexa moi moi proximo) alguen reconheza a tua grande valor, porque sabes contar historias, porque sabes emocionar, destar boas reaccions. Grazas de novo: porque vivir no mundo quere dicir despertar tamén as consciencias dos demais. Parabéns
28 Marzo 2011 | 01:52 PM