Fraga, ese dinosaurio (retrato de un fascista)

Cuando despertó, el dinosaurio aún estaba allí.
Cuando volvieron los últimos exiliados por el franquismo, Fraga aún estaba allí. Y por mucho tiempo: porque comenzó como Ministro de la Gobernación en esa España sin Franco pero con franquismo, y su reinado siguió durante más de 30 anos, enterrando a la mayoría de sus opositores, y ocupando altos puestos de poder.
La República Italiana, que tan poco democrática nos parecía hasta ahora con Berlusconi, y nos sigue pareciendo bien poco con la tecnocracia eligida a dedo de Monti, por lo menos tiene una Constitución en la que no ha participado ningún fascista, redactada por los partisanos, guerrilleros antifascistas. Y nunca presumiría de que un fascista siquiera la rozó. Por lo menos ejecutó o castigó a los máximos responsables del fascismo. Por lo menos les quitó el derecho a voto y a ser eligidos por bastante tiempo. Por lo menos borró su memoria y honores de calles, plazas y colegios. Por lo menos pidió perdón por sus víctimas. Y por lo menos prohíbe las manifestaciones fascistas, y la misma refundación del partido fascista. Lo mismo, en parecidos términos, es extrapolable a Alemania. Todos esos, artículos que no posee nuestra “Carta Magna”.
¿Podemos nosotros decir esto?
Fraga, ministro de la Gobernación, vicepresidente del gobierno, ministro de Información, a lo largo de distintas etapas, tuvo responsabilidades políticas muy importantes en la cúpula del poder franquista. Él siempre lo fue, nunca lo negó, y nunca se arrepintió o condenó al régimen que lo ascendió a las más altas cuotas de poder, por mucho que los medios “oficiales” lo pinten como un “reformista”, un “aperturista”, un padre de la Constitución, de la Democracia, de la Galicia moderna! Simplemente supo aprovecharse de los tiempos, ir al compás e integrar astutamente al aparato fascista en las nuevas estructuras democráticas que ya eran inevitables. Refundar la derecha, no basándola en principios muy éticos, precisamente, desde el momento en que no condena al régimen anterior; sino lavándole la imagen con fines exclusivamente electorales: que si autonomista, galleguista, reformista, centrista (¿existe eso?) y no sé cuántos adjetivos más, pero derecha al fin y al cabo. Derecha rancia, autoritaria, inhumana. Derecha cómplice con el franquismo, y heredera de él. Y un perfil de derecha bien poco democrático, como mostró en su estilo de “gobernar”, inspirado sin duda en el de su mentor, que hizo de Galicia su miniimperio caciquil durante tres legislaturas, por mucho que el pueblo gallego lo votara en masa. También Hitler fue elegido democráticamente.

Fraga, no olvidamos. Por mucho que muchos quieran borrar tu pasado, enterrar los cientos de miles de víctimas del régimen del que tú participaste y que defendiste hasta la muerte. No nos olvidamos de tus muertos, esos muertos que te perseguirán ahí donde estés, por las noches, por los días, de “mano derecha” del dios que tú pusiste por encima de cualquier persona (tú decías “Sólo me debo a Dios y a mi confesor”), porque seguro que ocuparías un cargo de poder allí donde fueres, en el mismísimo cielo, o en lo más hondo de los infiernos, que es adonde merecerías ir.

No te olvidan las almas de Grimau, militante al que tiraste por la ventana, y luego intentaste hacer pasar por un suicidio, y aún tuviste el descaro de decir que había recibido un “trato exquisito”; tampoco la de Ruano te olvida. Tras dispararle, lo arrojaste desde un séptimo piso. Luego movilizaste al diario ABC para que presentara el crimen como un suicidio. Y aún tuviste la desvergüenza y crueldad de llamar a su padre y amenazarlo para que dejase de protestar. Recordándole que tenía otra hija. ¿No fuera a ser que también la aplastases, verdad?

Ni los obreros de Vitoria, contra los que abriste fuego indiscriminadamente. Tú los gaseaste y les hiciste abandonar el edificio, disparando a continuación contra ellos, matando a cinco personas, y dejando heridas otras muchas. También es obra tuya la matanza de Montejurra, y quién sabe cuántas más que no conocemos. Tú rapaste el pelo a las mujeres de los mineros, sólo por denunciar las torturas y abusos cometidos contra sus hombres, y tuviste el “valor” de justificarlo ante Bergamín. Tú firmaste las últimas sentencias de muerte del franquismo, entre ellas la de Salvador Puig Antich.
No te olvidan los medios secuestrados o cerrados, los periodistas, activistas y demás ciudadanos amenazados, reprimidos, apresados. Cómplice cuando no firmante de sentencias de muerte, fusilamientos, garrote vil, cárceles, campos de concentración, despidos, deportaciones, exilio, Tribunales de Orden Público, y todo tipo de violaciones de los más básicos derechos humanos.

No te olvidan los miles de compatriotas que murieron en el exilio o por fin en su tierra, de la que nunca debían haber huido, pero todos en el más secreto de los anonimatos, muchas personas que llegaron a dar su vida o muerte por las demás, mientras que tú morías en la cama, como tu maestro, y como tu admirado Pinochet, del que sólo dijiste que había cometido “algunos excesos”. Tú justificabas el uso de la fuerza y la autoridad por cualquier cosa, por tu capricho ingobernable, por tus insaciables ansias de poder. “La calle es mía”, dicen que decías, y yo lo creo, porque cualquiera podría decirlo remitiéndose a tus obras.
Cuando era tan sólo un adolescente, cuando no había leído aún las atrocidades que habías cometido, porque tus libros de texto que nosotros estudiábamos tampoco las mencionaban, y en cambio te alababan convenientemente; cuando aún no tenía conciencia de tu iniquidad, tampoco representabas nada bueno para nosotros, los jóvenes. Ni siquiera en esta supuesta “democracia”, producto del fraude histórico de la Transición, supiste ni quisiste ser demócrata. No basta aceptar las regras del juego, por conveniencia y oportunidad, por no decir oportunismo. Se te notaban los aires autoritarios al menor detalle, en el trato cotidiano hasta con los de tu mismo palo; fuiste un machista, homófobo exaltado; patriota de la muerte, censor de la vida. Dominaste a tu antojo una Galicia mísera y arruinada por los tuyos, y la plagaste de eucaliptos, chapapote, feísmo, rías contaminadas y parques eólicos, sin arte ni orden, el que siempre le quisiste imponer a las personas. Tú trazaste autopistas, tendidos eléctricos, teléfonos por las aldeas, y les hiciste creer a los viejecitos que eras tú el que había traído el progreso al país, para arrastrarlos luego a votarte, incluso de la mano, hasta la puerta del colegio electoral, y conquistar, a pie de urna y golpe de papeleta, y ayudado siempre por tus redes clientelares y tus medios de comunicación adictos, comprados con subvenciones, las mayorías absolutas de las que te jactabas, riéndote de la ignorancia de un pueblo domado y domesticado. Al que hiciste creer que apoyar la Cultura, con mayúsculas, era contruir un mausoleo faraónico derrochando millones de dinero público, mientras dejabas morir de hambre a los artistas e intelectuales; o que construir y construir centrales, o permitir desastres como el del buque Prestige, era traer el Progreso, cuando en realidad era destrozar el patrimonio medioambiental del país, la mar y la tierra, nuestros símbolos ancestrales. Por último, y seguro que me dejo algo, tus fascistas declaraciones contra comunistas y nacionalistas; la legalización de los primeros era “el mayor golpe de estado”; a los segundos, “traidores a España y a la Constitución, “habría que colgarlos”. Porque tú sabías distinguir a una persona de bien, “don Manuel”, y “Franco fue un gran homr, el mayor y más representativo de los españoles del siglo XX, uno de los mejores gobernantes que tuvimos en nuestra historia”. Un hombre de Estado y uno de los gallegos más influyentes de la Historia, como te retrata también la mayoría
de la prensa, en un ejercicio de apología e intoxicación infames.
Cuando eras presidente de la Xunta, cuando acabábamos tan sólo de asomarnos a la vida y no teníamos ni idea de política, ni conciencia social, tampoco nos producías mucha simpatía. A tus novecientos años, te veíamos como un dinosaurio completamente alejado de la juventud, de nuestra mentalidad, nuestro tiempo y nuestros problemas. Un viejecito venerable y matusalénico, trabajador incansable, como Franco inaugurador de pantanos recorrías Galicia y el mundo a velocidad de la luz, o del coche oficial; una metralleta de frases reaccionarias y casposas, procedentes de otro tiempo remoto, anterior y olvidable, pero graciosas y entrañables, como el abuelo entrañable y cascarrabias que a todos molesta pero todos agradecen, en su calidad de Padre de todos nosotros, oh hijos de la Democracia Constitucional y Monarquía Parlamentaria. De la Constitución patriarcal, amnésica y conservadora del 78, que la inmensa mayoría de los “españoles” actuales y la totalidad de los jóvenes no pudo votar, diseñada entre otros por “don Manuel”, redactor de sus artículos más rancios e inmovilistas, involucionistas. Dentro de Galicia, muchos lo apoyaban, otros se reían de él, pocos luchaban; fuera, nos señalaban y nos preguntaban por sistema, cuando se daban cuenta de que éramos gallegos: “¿Ah, y por qué votáis a Fraga? ¿Qué tío, no?” La misma vergüenza que la de los italianos con Berlusconi.
Un dinosaurio, un inválido, un anciano desposeído ya de las facultades corporales, lo único que tenías hasta ese momento, porque de alma carecías, ideales y corazón también. El último eslabón entre la dictadura y la democracia, el vestigio de un tiempo pasado y peor, una “rara avis”, un “fósil” del franquismo, una reliquia. El último residuo vivo del fascismo hispánico. Contigo murió el último resto del régimen, el último actor vivo en activo de esta época, pero no el fascismo, que sigue presente. En muchas actitudes, palabras y hechos de los de tu partido, y en general del sistema político que padecemos. En la sumisión y apatía de la sociedad, ciega y sorda, que el pasado sábado acudió a la última misa y acto en tu honor, en honor de un fascista. Tres días de luto oficial por un asesino, y por don Isaac Díaz Pardo ni uno solo.
Pero no soy yo el que se va a alegrar porque vuelvas a la tierra, de donde nunca deberías haber salido. No, porque moriste en la cama, sin ser juzgado, cuando por fin un país digno como Argentina había conseguido abrir una causa contra ti, y algunos gallegos se habían unido para recuperar su dignidad, en un país en el que denunciar el franquismo aún es estigma y tabú.
Por eso, muera Fraga, pero no la rabia, y descansemos en paz de él.
El ciudadano seguía sumido en su letargo/sueño de democracia.
Y cuando despertó, el dinosaurio ya había marchado, pero el Jurásico seguía allí.



Davedan Swars dijo
Él se fue, pero quedámos todos los demás. Y queda la historia, que sabe lo que hizo.
23 Enero 2012 | 07:34 PM